Menos mal que al arquitecto se le torció la torre!, de no ser así, dudosamente Pisa integraría la lista de lugares inexcusables en una visita corta a la bella Italia.
Pisa como ciudad no tiene nada especial para ofrecer al viajero convencional; es posible que tenga valores ocultos que el viajero que permanece algunos días pueda descubrir (como su interesante comunidad universitaria), pero en los tiempos que uno planifica dedicar a cada lugar, a Pisa le sobra con medio día. Es que su único mérito es la torre "pendente", o torre inclinada.
Hace muchos años, se la recorría hasta su cúspide. Luego se prohibió el acceso y comenzaron a intentar enderezarla atándole cabos y jalándola mientras le rellenaban la base con plomo y concreto. Lograron rectificar algo así como 40 cm de su inclinación y la reabrieron al público en el 2002 o 2003.
La enderezaron del todo? noooooooooo, no vaya a ser que se acabe la función.
Adiós Pisa.
Seguimos hacia Siena. Llegamos allí un poco tarde y encontramos el camping cerrado (la guía no lo decía). Recalamos en uno de los campeggios comunales que a la noche son gratuitos (ver mi blog Brescia-Verona) en donde dormimos. A la mañana muy temprano para madrugar a los japoneses, nos movimos a otro campeggio de las mismas características pero con un acceso muy facilitado a la ciudad mediante una calle y una escalera mecánica que nos dejó maravillosamente casi en la plaza central.
Siena fue la eterna rival de Florencia, no sólo en producción artística sino también en poderío económico y voluntad hegemónica de la región. En el arte hubo otras diferencias: mientras Firenze abrazaba el renacimiento más provocador, Siena se refugiaba en el barroco más clásico. De resultas, no se ve en Siena esa explosión artística callejera que engalana casi todas las calles de su rival, pero conserva en compensación todas las características de una ciudad medioeval mucho más "pura" si se me permite el término.
Siena conquista rápidamente al visitante empezando por su plaza, sede del famoso pallio (dos veces al año), sorprendentemente grande e inclinada y provocadoramente irregular en su forma. Sus nueve rayos estampados en las piedras del piso y partiendo del edificio comunal simbolizaron los nueve consejeros que la gobernaban. de allí en adelante, a sumergirse por la oscuridad de sus callecitas, ejercicio que obliga con cierta frecuencia a pararse a escuchar algún ruido moderno (auto, japoneses ha
Un muy interesante recorrido a pie se encuentra sugerido desde las oficinas de turismo citadino: Nos llevó con precisión a rincones fascinantes de esta ciudad mágica que no tiene desperdicio. Costó abandonarla pero Roma llama y el mundo por recorrer es interminable, así que con todo dolor la dejamos, no sin antes, unánimemente, declararla la ciudad más linda que visitamos. (si, desplazó a Venecia).