Finalmente ingresamos a Croacia por su extremo sur. Luego de pocos kilómetros de la frontera con Montenegro nos encontramos en las puertas de Dubrovnik.
Si pudiéramos sumar los ingredientes qué más comunmente hacen de una ciudad una delicia turíśtica, el resultado sería Dubrovnik. iQué hermosa ciudad! Sólo llegar desde el sur y verla desde cierta altura, ya es un placer: la ciudad antigua, de distribución circular y asomada al mar apoyada en sus fuertes y altos muros medioevales, parece querer mostrar que supo sobrevivir a una guerra más, una que casi la hizo desaparecer: la última de las guerras balcánicas.
Por razones que escapan a mis conocimientos de historia moderna, en la reciente guerra de los balcanes, el ejército regular de la ex Yugoeslavia se ensañó con esta pequeña ciudad a la que asedió y bombardeó sistemáticamente durante seis meses. La desvastación de Dubrovnik solo fué comparable a la sufrida por la actualmente croata Vukovar o por las ciudades bosnias de Sarajevo y Mostar. Las heridas físicas de la guerra en las casas y edificios están prolijamente restauradas y, según dicen, Dubrovnik volvió a ser lo que era. iY qué maravilla es!
La historia: una fundación romana llamada Epidauro, bastante cerca de la actual Dubrovnik fue desvastada por terremotos y por invasiones bárbaras, que obligaron a sus sobrevivientes a mudarse un poco más al norte, a un islote cercano al continente. Llamaron a su pueblo Ragusium. Tenían enfrente, en el continente, un asentamiento de la tribu croata llamado ya entonces Dubrovnik. Los romanos sobrevivientes mantenian buenas relaciones comerciales con estos croatas. El comercio devino intenso y en el siglo XI unieron isla y continente con relleno hasta formar una sóla tierra, la ciudad de Ragusa. En esa época Ragusa era ya marcadamente croata. Luego de un período “de oro” de comercio marítimo, como muchas otras ciudades adriáticas, cae bajo el dominio de la república Sereníssima de Venecia. Hacia el 1300, Dubrovnik logra proclamarse república y sobrevivir así, independiente de venecianos y otomanos, gracias a una gran habilidad política y un arte de negociación admirable. Hubo de ser un terremoto (con quien obviamente no se negocia) quien terminara con la potencia ragusana en 1667. Todo lo existente desapareció en ruinas y la ciudad fue reconstruida en un estilo gótico que nada nos dice de su espendor anterior. Napoleón primero y el imperio austrohúngaro después, se encargaron de relegar a Dubrovnik a un papel secundario del cual solo revivió recientemente gracias al turismo.
Luego de una breve recorrida arriba de Aurelia, enfilamos hacia el camping ubicado en una península hacia el norte de la ciudad. Muy buen camping, internet gratis, piscina, playa, etc. Pertenece a una cadena de hotelería adriática que administra campings en varios países, como conoceríamos después.
Desde el camping, un cómodo bus nos deja en una de las tres puertas de la ciudad vieja. Des
de allí se entra a la antigua ciudad amurallada que conserva iglesias, casas y monumentos de la etapa medioeval, post terremoto, o sea básicamente gótico. No falta la influencia veneciana visible en antiguos palacios y edificios comunales. Tampoco falta la influencia comercial moderna representada por innumerables negocios que venden lo que se quiera comprar, desde ropa de marca, joya
s, comidas rápidas, restaurantes butique y miles de souvenirs iguales a los que se pueden comprar en cualquier lugar del mundo (digo yo: ¿porqué se sigue llamando artesanía a esa colección de artículos claramente fabricados en serie y que no pertenecen a ninguan cultura, etnia o comunidad en particular?)
Por la puerta opuesta se egresa de las murallas a un soleado puerto en donde recalan no sólo las barcas de pescadores sino también numerosos barquitos de pasajeros que llev
an a los turistas por las islas de enfrente. Todos los días veríamos también algún gran barco crucero de los que hacen los tours mediterráneos con más de mil pasajeros a bordo.
La costa adriática de Croacia, y parte de la Eslovena al norte y de la montenegrina al sur es llamada desde los romanos, Dalmacia. Esa estrecha franja de tierra acompañada por el azulsísimo mar Adriático al oeste, tiene a sus espaldas una cadena montañosa que es la prolongación báltica de los Alpes, llamados no casualmente Alpes dinaricos, en mención de la más grande altura de Croacia, el monte Dinaro o Dinárico. La región goza de una alta temperatura en verano, más alta cuanto más cerca del mar corren las montañas. Las playas, modalidad dálmata, son preciosas: piedras que pueden ser desde tamaño canto rodado hasta un fino ripio cercano a la arena, en las playas; piedras más grandes bajo el mar. La pendiente habitualmente muy suave, en algunos lugares no desciende más de 1,5 metros incusive hasta 100 m de la costa. En otros (la mayoría), luego de una breve “pileta” de 10 o 20 metros de ancho con profundidad escasa pero que permite bañarse, se profundiza rápidamente para nadar o practicar cualquiera de los deportes de agua. El agua siempre transparente y a temperatura muy agradable. Muy exepcionalmente, la marejada y el viento traerán a la playa algo de algas y restos vegetales. Se debe estar preparado para compartir el agua con botes de todo tipo, que la gente lleva en cantidades: desde inflables playeros, pasando por gomones y semirrígidos,
hasta lanchas de buen porte.
Dalmacia, fundamentalmente, es azul. No hay rincón de esta zona de Croacia que hayamos recorrido que no tenga impronta azul. El mar asoma en absolutamente todos los paisajes que la mirada guste recorrer. Otro adjetivo para Dalmacia es rocosa. Las rocas son omnipresentes. Al principio nos enojó un poco la dificultad que significa meterse al agua caminando ridículamente “como pisando huevos”; en algunas de las playas debíamos salir en una humillante posición en cuatro patas para disminuir la ofensa de las piedras en la planta de los doloridos pies. Pero primero Carmen, luego Cecilia y finalmente yo, nos equipamos con unas zapatillas de neoprene con suela especial “antirrocas” con las cuales recuperamos la dignidad, y también algo de integridad en nuestras plantas.
Azul y roca, combinación que nos acompañará las próximas semanas.