domingo, 25 de mayo de 2008

Florencia

Florencia (19 y 20 de mayo)

Cuando dejamos Verona camino a Florencia ya vimos que la lluvia sería nuestra compañera; no nos equivocamos. Habíamos impreso en la casa de mi madrina el derrotero Brescia-Florencia, según San Michelin (léase via-Michelin, el sitio en internet de la famosa editorial de mapas). El tema es que como decidimos insistir con Verona, terminamos apuntando a Florencia desde allí, y eso significó un merengue fenomenal: intentamos enhebrar el derrotero marcado desde otro sitio distinto que el original y parece que eso no lo contempla San Michelin. Para colmo elegimos ir por caminos que no impliquen peaje. Perdimos tiempo y paciencia y, al final, no pudimos evitar tomar la autostrada ya llegando a Florencia y nos vacunaron con 6 Euros (grrr).
Llegar al camping elegido no fue fácil: así lo parecíal en las guías pero una cosa es el papel y otra muy distinta las calles en vivo, con tránsito, de noche y para colmo sin luces bajas (fué esa la primera vez que conducíamos de noche y allí nos percatamos que teníamos los dos foquitos quemados). Debo agregar que Cecilia y Carmen no son precisamente los copilotas de Loeb o Solberg; podría agregar que si yo fuese Colón, con ellas de navegantes habría descubierto Noruega.
Vueltas más, vueltas menos, embocamos el Michaelángelo, que así se llama el campeggio. Ya lo conocíamos del viaje anterior y además es el único registrado en la ciudad (hay otros más lejos). Nos ubicamos, comimos y a dormir.
La mañana amaneció lloviendo y así siguió hasta el mediodía en que un breve rayo de sol nos expulsó rápidamente a la calle, pero en la caravana pues dudábamos cuánto iría a durar el buen tiempo.
Luego de breve saludo a Franca, una amiga de mi tía que vive en Florencia (y que a la sazón alojó a mi hija Natalia y a su amiga Flor hace unos años atrás) volvimos al camping a dejar la autocaravana.
Partimos luego a pie por una escalera que nos hizo descubrir el hijo de Franca desde el piazzale que está al lado del camping directamente a una de las puertas de la vieja muralla, casi en el centro de la ciudad. Entramos en la Piazza de la Signoria, corazón de Florencia y maravilla del barroco y renacimiento. Toda la plaza es un museo abierto; por donde se mire o vaya hay estatuas que no tienen menos de 600 años y que ya estaban allí antes que el Genovés nos descubriera. Nuevamente la cantidad de gente resultó asfixiante. Hay momentos en que de lejos, la plaza parecía una manifestación gigantesca de japoneses (bueno, había también europeos y americanos y creo que uno o dos asiáticos no-japoneses).
Ya de entrada es atrapante la imagen del David de don Miguel Angel. Advierto que uno ya leyó que no es el original ese que está en la plaza sino el que guardan prolijamente en la Gallería dell'Academia.
El David adorna la entrada al Palazzo Vecchio llamado así pues en él antes funcionaba la Signoria o gobierno de la ciuadad. Levantar la cabeza y mirar la torre resulta un gesto colectivo de la multitud que pasa asombrada a sus pies.
La Logia della Signoría cierra la plaza por su costado derecho y detrás de ella, la Gallería degli Uffizi.
Debo aclarar aquí que no leerán comentarios ni verán fotos de las preciosas obras de arte que contienen los palacios y museos de los lugares que visitamos; sencillamente decidimos no pagar para entrar a verlas, cuestión difícil pero necesaria y sensata a la hora de administrar el presupuesto.
De allí caminamos unas pocas cuadras hasta la Chiesa di Santa Croce una de las iglesias más antiguas de la ciudad y lugar del sepulcro de El Dante, aunque su cuerpo descansa en Ravena, de Galileo Galilei, de Machiavello y de Miguel Angel Buonarotti. De allí a la Piazza del Duomo que ostenta una de las torres de campanile más bonitas que vimos. El interior de la catedral es soberbio. La lluvia nos esperaba afuera y casi, casi nos echa de la ciudad. A último momento tomamos coraje y seguimos hasta la Galleria en donde Carmen obló (por excepción) unos cuanto euros para entrar a ver al David original. Terminando nuestra húmeda visita al centro de Florencia, tomamos un bus y llegamos a lo de Franca quien nos esperaba a cenar con su hijo y nuera (al demonio el régimen). Franco, que así se llama el hijo, nos llevó luego en su auto a un estupendo paseo nocturno por la ciudad. Vimos así, a la luz de los faroles callejeros, casi todo lo que visitamos de día: un lujo.
Ya sequitos, arribamos a nuestro caracol y nos derribamos a dormir.
Firenze, así, con zeta, queda en nuestro recuerdo como lo que es: una maravillosa ciudad museo, un exponente del poderío toscano del medioevo y renacimiento, una combinación de arte, buen gusto y paisaje urbano difícil de repetir.
El día siguiente nos encontrará en Pisa, inclinados.
Hasta luego.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mario, Cecilia y Carmen: qué belleza Florencia! Qué ganas de vovler allí, a la Toscana! Suerte! Alejandro

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Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina
Médico. Jubilado, aunque no tanto.