lunes, 4 de agosto de 2008

Croacia, capítulo 2

Playas de Dalmacia ( 9 al 12 de julio de 2008)

Subiendo la costa dálmata desde Dubrovnik, penetramos la península de Peljesac, largo brazo de tierra comunicado con el continente por un pequeño itsmo que contiene a dos pueblos hermanos: Ston y Mali Ston (mali es “viejo”). Ambas ciudades son antiguas pero lo mas impresionante se encuentra en Mali Ston: una construcción de muralla que maravilla (de los mismos arquitectos que hicieron las de Dubrovnik), trepa muy alto en la montaña desde el valle en donde uno está parado, con espesor a veces mayor de seis metros y altura de diez a quince metros. La muralla servía de protección a este pueblo, el que era parte de la república de Dubrovnik. Como siempre, la pregunta se escapa una y otra vez de nuestras bocas abiertas: ¿cómo lo hacían?
Más adelante pasamos por zonas de viñedos, muy famosas en esta región cuna del vino Plavac.
El lugar elegido para la parada fue Orevic. Es un pueblo de balnearios de playa, con una calle comercial a lo largo de la ruta y hoteles y albergues clásicos. Al lado del mar, una calle estilo lungomare italiano, recorre el muelle donde numerosos bares y restaurantes estarán siempre llenos a la noche. Este camping, construido en la ladera rocosa con terrazas en vertiginoso descenso a una estrecha playa de arena, tenía un lugar disponible frente a la misma playa, separados por un paredoncito de piedras. Fue toda una fiesta disfrutar de playa teniendo a Aurelia tan cerca para comer y dormir.

Un paréntesis explicativo acerca de Serbia y Bosnia y Herzegovina:
Cuando estuvimos en Montenegro, calculamos que recorrer su región montañosa del norte e ingresar a Serbia por allí, sería un trayecto muy largo y muy complicado en un país que no nos había ofrecido comodidades de camping satisfactorias. Alí decidimos que entraríamos a Serbia desde Bosnia y Herzegovina, cuando la visitáramos desde Croacia ingresando por la ciudad de Sarajevo. (deberán ver un mapa para seguirme...)
Bosnia y Herzegovina tiene una salida al mar a la altura de la ciudad de Naun: se trata de un curioso corredor costero que interrumpe la soberanía croata por unos pocos kilómetros. Desde allí intentamos subir a Mostar y luego a Sarajevo con la idea de luego continuar a Serbia. El problema es que Bosnia y Herzegovina exige visa al turista argentino, visa que no teníamos. Así que con gran frustración, dimos vuelta en la frontera y humillados de regreso a Croacia. En ese momento, reflexionamos que ya no iríamos a Serbia pues desde cualquier otro punto nos quedaría más lejos de lo que pensábamos viajar al este.


Otro dilema, igual que lo que nos pasó en Grecia, tuvo que ver con explorar alguna isla de los varios cientos que posee Croacia (muchas de ellas deshabitadas). Las cavilaciones tenían que ver concretamente con euros, pues los costos de cruzar con autocaravana no bajan de 100 en la mayoría de los cruces. Decidimos hacer un experimento: Buscamos una isla cerquita con un trayecto de cruce corto: la elegida fue la isla de Hvar. En el puerto continental de Dvernik bajo un sol implacable y por a tarde, esperamos pacientemente los 40 minutos que demoró la balsa en regresar de la isla y nos subimos.
Estas balsas son unas “Melinka like”. A los fueguinos no necesito explicarles pero para el resto, vaya la aclaración: Melinka es el nombre de una de las barcazas que hacen el cruce regular del estrecho de Magallanes allí en nuestro pago. Estas barcazas croatas son del mismo estilo y tamaño, pero ciertamente más modernas y cómodas.
El cruce elegido duró más o menos 30 minutos. Dell otro lado, el puerto de Sucuraj da la bienvenida a los turistas que entran a Hvar por allí. Ni bien desembarcamos, comenzamos a andar por una ruta un tanto angosta sobre la que ya caía el crepúsculo con sol de frente. Para nuestra tranquilidad encontramos muy rápido un camping que nos evitó seguir en esa peligrosa ruta a esa hora.

Dos anécdotas cómicas de este camping: Cecilia descubre que unas velas que habíamos comprado en un supermercado, para usar afuera a la noche a la hora de cenar (en tres preciosos colores) son en realidad ornamentos funerarios que los eslavos de varios países dejan a sus queridos muertos en las tumbas. Con discreción las retiramos de la mesa antes que alguien se le ocurriera darnos un pésame. La otra fué el descubrimiento que hicieron Carmen y Cecilia al asomarse desde los baños a la mitad alejada del camping y descubrir a ninos, jóvenes y viejos en riguroso traje de Adán: el camping ofrecía ambas modalidades, “normal” y naturista.
A la mañana siguiente, asegurándonos de tener nuestras ropas puestas, reanudamos el camino hacia la punta este de la isla (ingresamos por su extremo oeste). fueron unos 70 km de una ruta horrible. La ruta es de montaña y muy angosta: para colmo el lado del precipicio no tiene banquina, ni guarda rail, ni cordón, ni raya blanca NI NADA. Todo el tiempo rogando que Aurelia no diera un paso en falso y nos fuésemos abajo. Pero lo temido no pasó, afortunadamente. Sólo sirvió la experiencia para felicitarnos de haber parado el día anterior, casi sin luz: hubiera sido terrorífico.
Llegamos a la localidad de Vira en donde hallamos un pequeño paraíso de playa en un camping muy cómodo. Otra vez internet WiFi gratis. (i hurra !).

La mañana siguiente la dedicamos a visitar la ciudad de Hvar, capital de la isla. Ciudad calco de todas las de por aquí, con un pasado de colonización griega y romana, luego bajo la dominación veneciana y finalmente en decadencia bajo la dominación austrohúngara. Algunas curiosidades son su magnífica marina llena de yates lujosos y gente “importante” (al menos eso se creen ellos) y una imponente fortaleza que domina el puerto y la ciudadela, fortaleza llamada 'española” no porque hayan andado por aquí los hijos de la madre patria sino porque su construcción fue encargada a un arquitecto español allá por el mil setecientos. De todas maneras, lo que allí vimos no compensó la esforzada subida a pie, pues la fortaleza está transformada en un conglomerado de restaurantes y bares finos que le quitan la poca atmósfera que le quedaba a la pobre ruina. Las hermosas vistas desde allí fueron un atenuante de la frustración. Luego de dejar la ciudad de Hvar hicimos una escapada hasta la punta occidental de la isla que prometía paisajes alucinantes, y el lugar cumplió de maravillas su promesa.
Para regresar hubimos de desandar los 70 km hasta el puerto que nos devolvería al contiente. Paramos a ver una muy pintoresca cancha de bochas con tribuna (nunca visto). Tambien paramos en la venta de una bodega de vinos locales en donde gastamos unos euros para tomar esa noche, y también para llevar. (anotarse).
Nos encontramos en el próximo. Adiós.

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Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina
Médico. Jubilado, aunque no tanto.