Epidaurus (25 de junio)
Llegamos no muy temprano al lugar de las ruinas arqueológicas de la antigua Epidauru

s.
Epidaurus fué en el siglo V ac un extenso complejo dedicado al dios Aesculapio.
Según la mitologia, Aesclepio o Aesculapio, hijo de Zeus, aprendió de un centauro el arte de curar. Su padre temió tanto que adquiriera más poder que él, que lo fulminó con un rayo.
Para ciertos autores como mi amigo el médico y antropólogo Francisco “Paco” Maglio, Aesculapio no es otro que el luego por romanos venerado, Hipócrates. En la Grecia antigua, además de templo de Aesculaio, Epidaurus fué el más grande centro de sanación conocido. Aquí se recibia a los enfermos y se los atendia con los conocimientos que disponian y siempre con la ayuda del dios Aesculapio, a quien se encomendaban. Debían pagar por lo que recib

ián, así que yo creo que este debe ser el antecedente más antiguo del arancel médico, y la historia del rayo, el antecedente más antiguo de la guerra de poder entre prestadores de salud y pagadores.
Bromas aparte, el centro arqueológico valió la pena de sufrir el calorón que pasamos. Aparte de los diversos restos de edificios, habitaciones, templos y demás, en Epidaurus se puede apreciar el anfiteatro más grande y mejor conservado de toda Grecia Antigua. Fué recién descubierto al final del siglo XIX y las excavaciones que nos lo muestran ahora, son de recién nomás, de 1959.
Estoy sentado en la última fila al centro, en el borde superior del anfiteatro,
aproximadamente a 20 metros arriba del minísculo escenario circular de arena, que veo allí abajo hirviendo bajo el sol griego. Un bullicioso grupo de muchachas y muchachos de probable viaje de estudios abandona el anfiteatro para seguir su recorrida, con lo cual éste queda casi solo. Levanto la vista y la planicie de Epidaurus está allí adelante, donde estuvo siempre, igual que las colinas del fondo. Todo en mi entorno existía vívidamente hace más de 2500 años. Por instantes me imagino las gradas repletas de gente (dicen que cabían más de 20.000) atentamente escuchando a la música y a los actores de una tragedia que se representa abajo, en el escenario. De pronto me doy cuenta que la planicie, las colinas y todas las almas que habitaron esos lugares me miran a mí, como tratando de entender quién soy y qué hago allí. En realidad yo no visito nada, son ellos que me visitan a mí y me observan indulgentes, como futuro producto de ellos y de su civilización que soy. La emoción es muy fuerte y profunda. Respetuosamente me levanto para dejar el lugar en paz, pero un nuevo grupo de turistas, esta vez californianos, entra, se para en el centro de la arena y arranca a capella con un gospel pegajoso y dulce que sube por las 100 filas de gradas hasta donde estoy yo, de pie, estupefacto y asombrado. No puedo retirarme en el silencio contrito que pretendía y que el lugar merece. La globalización puede todo, hasta mezclar Grecia antigua con el gospel, y atrapar en el medio un alelado turista argentino. Todo es muy...loco.Proseguimos luego de adecuada hidratación, camino a el estrecho de Corintio

que nos acercará a Atenas. Pero en el camino como de costumbre, buscamos una playita en donde refrescar las horas más fuertes del sol. Encontramos Palea de Epidaurus, el antiguo puerto de la ciudad y dimos con un lugar de ensueño. Llegar a ella fue todo un logro pues inicialmente habíamos rumbeado para el norte del puerto en donde sólo encontramos un camping, y casi nos quedamos en él con tal de tener playa. Pero insistimos y cruzamos el pequeño pueblo otra vez, subimos a la ruta y desde arriba descubrimos la playita del

sur; Su acceso estaba escondido en una estrecha callecita que casi no vemos; al llegar al mar, la calle parecía terminar allí, pero una acera peatonal a lo largo del mar permitió el paso de Aurelia y unos cien metros más, el paraíso. Varios yates anclados a menos de 500 metros de la playa ya anticipaban las bondades del lugar. Playa de arena, lo que no es muy común por aquí, aguas cristalinas (un standard por aquí) y sombrillas y duchas gratuitas. En un extremo de la playa, un macizo de casas y hoteles; en el otro, 500 metros al norte, un promontorio que se deja traspasar para enseñarnos playitas solitarias más bonitas aún, si esto es

posible. Un par de pibes griegos se dejan zambullir desde unas rocas a varios metros abajo a un agua profundamente azul y transparente. El señor de uno de los yates baja su gomón y rompe el paciente silencio del lugar con su fuera de borda y más tarde con su jet-sky. Al lado nuestro, unos alemanes con una motorhome grandota armaron campamento a pesar del inútil cartel que en griego y en inglés prohibe campamentear en esta playa. Nosotros estacionamos a Aurelia cerquita, bajamos las sillitas y las pusimos debajo de la sombrilla municipal. Luego de varios chapuzones, Carmen preparó nuestra habitual ensalada mediterránea consistente en uno o dos quesos del lugar, tomates frescos, jamón en trozos y zanahoria rallada con con repollo colorado;

en este caso, la acompañé con una cerveza helada comprada en el barcito de la playa. Todo servido en la mesita ad hoc debajo de la sombrilla. ¿ Hace falta algo más?
Si me recupero de este sufrimiento, les seguiré contando más penurias desde Atenas, supongo.
Hasta luego
1 comentario:
queridos trotamundos,
imagino, por lo que escriben, que el viaje viene siendo una experiencia maravillosa.
Hoy me encontré con naty en el cerro castor y me dijo que estaban en Crocia.
un fuerte abrazo
guille
PD: habrá cena extendida para mostrarnos fotos y contar la experiencia, no?
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