domingo, 6 de julio de 2008

Grecia 1

Grecia, (primeros contactos del 17 y 18 de junio)

Cuando dejamos los trulli de Alberobello sabiamos que enfrentariamos a la brevedad una de las grandes emociones de nuestro viaje: pisar suelo de Grecia. La ansiedad no nos dejaba pensar correctamente y discutiamos una y otra vez cuál sería el puerto de entrada a ese misterioso y a la vez fascinante país. Ya en Alberobello habíamos intentado hallar una respuesta a nuestras dudas por internet y en una agencia de viajes, pero no fué fácil. Algunas de las rutas no son diarias, otros no llevan vehículos grandes y unas cuantas sólo existen en alta temporada. No obstante ello, la oferta era muy amplia y luego de un par de escarceos más con las compañías de turismo, decidimos largarnos a Brindisi y ver allí.
Brindisi es un puerto muy concurrido así que (tontita mediante) seguimos la segnalética hasta entrar en el puerto y embocar los muelles de partida para Grecia. La mejor tarifa, a diferencia del viaje a Sargdegna, la obtuvimos en el mostrador, pocos minutos antes de embarcar. El barco es de tamaño similar al de la travesía anterior y la duración y horario del viaje, parecida: 8 hs y durante la noche. La diferencia es que esta compañía ofrecía camping a bordo, o sea que por la misma tarifa, uno puede usar las facilidades de cubierta y todos los servicios de abordo, pero puediendo dormir en Aurelia. Nos pareció una excelente idea, pero demostró ser una pésima elección ya que si bien el vehiculo va en bodega abierta, el calor y el ruido resutaron insoportables y prácticamente no dormimos nada. Para colmo, el desembarco en Grecia fue a las 4 de la mañana en el puerto de Igoumenitsa (palabra que después de aprender a pronunciarla, ⅰhay que aprender a leerla en caracteres griegos!)
La recepción en Igoumenitsa fué un tanto frustrante y, de alguna manera atemorizante. Ni bien desembarcamos, los vehículos griegos y los camiones abandonaron el muelle velozmente vaya a saber hacia dónde; una solitaria autocaravana de patente británica desapareció también y de golpe nos encontramos solos en un playón pobremente iluminado, cercado por alambrada y con un pequeño poblado dormido oscuro fuera de los límites de ese cerco. El último eslabón con el idioma, un tripulante griego angloparlante entretenido en la planchada aún baja, alcanzó para enterarnos que el traghetto (barco) que podría cruzarnos a la isla de Corfú, apenas algunas millas enfrente, partía una hora más tarde pero en un muelle a un kilómetro de distancia. Tomamos coraje y salimos del protegido puerto a un cruce oscuro de rutas que nos recibió con los carteles en un idioma inentendible; doblamos a ojo, hicimos el dichoso kilómetro y luego de dos o tres intentos, acertamoos en el otro muelle. La averiguación fue cortita: cruzar nos iba a salir más euros que lo que estábamos dispuestos a gastar así que cancelamos Corfú por ahora y... nos quedamos a intentar dormir en Aurelia pero sin desplegar la cama, en el muellecito hasta que la luz del día nos diera más ánimo.
Dos horas más tare, entumecidos y sin haber logrado dormir, decidimos arrojarnos a las manos de Zeus y nos largamos por el desconocido camino.
Empezamos a ver algunos carteles en griego/inglés con lo cual nos tranquilizamos un poco y pudimos hallar un camping al que entramos tempranísimo y así como llegamos, cerramos ventanas, bajamos cama y a dormir.

El alfabeto griego contiene algunas letras que nosotros usamos. De hecho las dos primeras, alfa y beta son las que dan el nombre al alfabeto de nuestra lengua occidental. El problema es que muchas de las letras, aún las que existen en nuestro alfabeto, se pronuncian distinto, por lo que primero hay que translocar sus letras pronunciadas en griego y recién después encontrar que “kentpo” que leimos en un cartel y que quería decir “centro” en realidad se pronuncia “centro”... Existen muchísimas palabras que una vez que la pronunciamos con la fonética griega, las identificamos en nuestro vacabulario y no casualmente; sólo hay que aprender a pronunciarlas. El resto de la lengua, los verbos, la gramática, etc, es inextricable para viajeros tan breves como nosotros.
Pero, aunque ustedes no me crean, estoy hoy en condiciones de leer aunque con cierta dificultad palabras como Hγouµevƕcσα, que significa Igoumenitsa.

Tarde en la mañana, casi mediodía, abrimos un ojo para ver como era de día esta tierra extraña que tan displicente nos había tratado la noche anterior. Con las primeras impresiones del lugar, nuestro ánimo cambió radicalmente (dormir hace maravillas). El mar azul estaba ahí nomás, invitándonos al primer chapuzón griego. El viejito administrador del camping nos enseñó nuestras primeras palabras en griego: kalimera (buenos días), ostium (entrada), y... ¿a ver si adivinan que quiere decir ΕΞΟΔΟΣ ? Quiere decir SALIDA. Si se fijan, las letras pronunciadas en griego dicen EXODOS. ¿qué tal?.
Chochos con nuestro creciente vocabulario, fuimos a la playa: Grecia hace honor a su fama, el agua es limpísima, muy agradable temperatura, tranquila sin olas, o sea una delicia. Disfrutamos el día entre el agua, el almuerzo, más agua, atardecer tranquilo con puesta de sol especial para turistas y, como si fuera poco, luna llena que asomó sobre el horizonte como para decirnos que Grecia es bella y mucho más.
La mañana siguiente comenzamos a recorrer la región llamada Grecia central, por su litoral oeste, o sea sobre el mar Adriático. El camino de montaña muy pero muy lindo nos depositó en Parga, bellísima playa encuadrada en lo que más adelante confirmaríamos como un escenario típico de las costas de por aquí: una breve bahía o ensenada que contiene a un pueblito de pescadores con puerto; a lo largo de la costa vecina al puerto, una calle que concentra tabernas, restaurantes con todas sus mesas a la calle, negocios varios para turistas y mucha gente consumiendo (turistas en su mayoría). Todo el recorrido de esa calle es con playa, a veces de arena y otras de piedras. El pueblo se extiende en forma variable algunas cuadras sobre la colina que desciende en el mar, cruzado por callejuelas que habrán sido siempre de ese tamaño y que apenas dejan pasar un vehículo. A ambos lados de la calle portuaria, alejándose un poco paralelo al mar, se encontrarán playitas más reservadas y más coquetas según el caso. Casi siempre es posible gozar de una playa para uno solo. Parga cumple con holgura esta descripción. Un lujo.
Entusiasmados apuntamos al sur, al Peloponeso, esa gran península que parece una isla y que alberga tanta historia. ¿Quién no recuerda haber estudiado algo relacionado con ese lugar, empezando por la famosa guerra del Peloponeso.

Pelope era el hijo de Tantalo, uno de los hijos de Zeus. Él mató a su hijo y lo hirvió sirviéndoselo a los dioses para comprobar si ellos realmente eran capaces de saber todo: sí lo eran. Resucitaron a Pelope y castigaron a Tantalo atándolo a un árbol y dejándole morir de sed y hambre, mientras permanentemente le acercaban, pero no le dejaban tomar, bebida y comida.

En el camino, mientras íbamos leyendo afanosamente la guía de Grecia que previsoriamente habíamos comprado en Venezia, descubrimos que en la guerra de independencia de este país contra los ocupantes turcos, Europa en uno de sus tantos caprichos decidió que la causa griega era universal y envió voluntarios de casi todos los países; de Inglaterra vino el joven poeta Lord Byron, quien completametne adherido a la lucha por la independencia participa en ella y muere, pero no de un balazo o atravezado por un sable, sino de malaria en la ciudad de Mesolonggi. Allí hay un parque comemorativo con lápida, moumento y hasta el corazón del poeta enterrado al pié de su estatua. Los griegos lo veneran como un prócer propio. Deuda pendiente: tengo que leer algo de Byron.
El día terminaba, recalamos en un camping al pie del puente que cruzaríamos el día siguiente.
Estábamos enfrente del Peloponeso. El único fragmento de tierra que une al Peloponeso con la Grecia continental está cerca de Atenas, en el estrecho de Corintio. Viniendo como veníamos, por el litoral tirreno y desde el norte, la lógica fué entrar por el puente que une Antirrio (en Grecia “central”) con Rio (en el Peloponeso). Ni bien traspasado el puente, muy moderno por cierto, y muy caro en peaje, pisamos la tierra de los Micenos, de Esparta, de Olympia y de tantas ciudades que “suenan” conocidas a nuestros oídos desde las clases de historia antigua en 1° año del secundario, que entonces no entendí y que ahora fervorosamente deseo volver a leer. (¿Astolfi era el autor?)
Pasamos la populosa Patrás y seguimos camino, ávidos de paisaje y lugares, hasta que el calor apretó mucho y nos zambullimos en una playita en Kilini, uno de tantos pueblitos con sombrilla, reposeras y duchas en la playa, públicas y gratuitas. en el camino, una oferta callejera de zapallos gigantes llamó nuestra atención pero a las cocineras le parecieron muy grandes.
Pocas horas más adelante, en Arcoudi, otra playa, otro chapuzón. Cuando no había ducha luego del baño, sacábamos el duchador del baño de Aurelia por la ventana y nos duchamos en la callecita vecina al mar. ⅰqué lindo, pero qué lindo!

Esa noche nos esperaba Olympia. Ya les contaré. Adió.

1 comentario:

Mastrocuervo dijo...

Qué lindo lo que contás! Hace aumentar mis ganas de conocer ese país a dimensiones gigantescas!

Aporte nostálgico: había dos libros de historia que recomendaban los profes en 1º año, uno era de Astolfi, y el otro de un tal José Cosmeli Ibáñez... No sé por qué, lo de "Cosmeli" me quedó grabado: ¿sería nombre o apellido? ¡Bueh, me fui al pasto!

Abrazos, Miguel

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Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina
Médico. Jubilado, aunque no tanto.